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Trump da marcha atrás en su amenaza de cerrar la frontera

El líder de EE.UU. da “un año” a México para frenar las drogas y la emigración

Algo “muy dramático” tendría que ocurrir para que esta semana el presidente de Estados Unidos no cerrara la frontera con México, dijo hace unos días su jefe de gabinete, Mick Mulvaney, preguntando sobre si realmente Donald Trump llevaría a cabo su ultimátum.

Hay mucho en juego. Cada día cruzan la frontera productos agrícolas, industriales y bienes de consumo valorados en 1.700 millones de dólares, además de cientos de miles de personas. Aparte de que empresarios y políticos pusieran el grito en el cielo por la catástrofe que supondría la decisión para la economía de EE.UU., nada dramático ha ocurrido. México no paró “de inmediato toda la inmigración ilegal”, como le pedía. Pero el presidente ha dado marcha atrás y ampliado a doce meses el plazo para actuar.

“Les vamos a dar un año de aviso. Si las drogas no dejan de llegar, impondremos aranceles a México. Y si esto no para las drogas, vamos a poner aranceles” a los coches, sentenció anteanoche el presidente, poniendo el foco en el narcotráfico y reivindicando su promesa de sellar con un muro toda la frontera sur para frenar su llegada, aunque los informes oficiales indican que la mayoría se cuela por puertos de entrada oficiales. “Empezaremos por los aranceles y ya veremos”, dijo, convencido de que el daño que causarían sería “masivo” y obligaría a México a actuar. Si es necesario, añadió, pasará por encima del tratado de Libre Comercio (TLC) de América del Norte, cuya nueva versión excluye a los automóviles de este tipo de recargos.

Trump compensó ayer su promesa incumplida sobre el cierre de la frontera, jaleada por sus bases, con un nuevo viaje al sur que la Casa Blanca definió como una visita a “un nuevo muro fronterizo”. El tramo en cuestión forma de barreras levantadas a finales de los noventa en Caléxico y que han sido sustituidas por otras nuevas, obras planificadas desde hace años que aunque ahora llevan una placa con el nombre del presidente nada tienen que ver con su proyecto, como aclaró en su día la guardia de fronteras.

Trump llegó a la Casa Blanca a lomos de su promesa de frenar la inmigración y, en sus primeros meses, las cifras de llegadas cayeron hasta mínimos históricos. Recientemente, sin embargo, han repuntado animadas por el efecto llamada de sus declaraciones, la sequía y la reducción del número de deportaciones por parte del Gobierno de Manuel López Obrador. Trump aseguró ayer que “desde hace cuatro días, México se está portando de maravilla, están parando a todo el mundo” a la vez que reclamaba al Congreso que se deshaga “de todas las leyes de asilo” y “también de los jueces”.

Si hasta hace una década la mayoría de migrantes eran adultos solos, ahora se trata de familias de Honduras, El Salvador o Guatemala que llegan huyendo de la violencia. Esta semana Trump ha ordenado poner fin a los programas de ayuda a estos países aprobados por la Administración Obama con apoyo republicano para atacar en origen las causas de la emigración, 500 millones al año. “Mucho hablar y no hacen nada”, se quejó Trump.

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