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Europa está en juego

El Parlamento Europeo celebra sus elecciones más importantes

Finlandia es un país razonablemente feliz. Su tamaño es fácil de gestionar: 5,5 millones de habitantes. Su población es homogénea (un 5,7% es de minoría sueca y un escaso 0,1% son lapones). La tasa de inmigración es de las más bajas de Europa (6,8%). La renta por habitante asciende a 42.300 euros anuales (la española es de 25.900). El Estado de bienestar finlandés, pese a las reformas, es sólido y envidiable si se le observa desde el sur. A los finlandeses les enloquece la sauna. Y cuando llega el invierno, hacen un agujero en el hielo de los lagos, ponen la caña y se sientan a esperar que piquen las percas.

Votación excepcional

Por primera vez desde 1979, la idea de la Unión y de sus instituciones está cuestionada

Finlandia es un país razonablemente feliz. El que más, según la clasificación de la ONU. Pero en las últimas elecciones de abril, el Partido de los Verdaderos Finlandeses, la extrema derecha, obtuvo el segundo lugar, a sólo un escaño de los socialdemócratas ganadores. Todo gracias a su nuevo líder, Jussi Halla-aho, un xenófobo amante de las armas que ha sido condenado por asegurar en su blog que Mahoma era pedófilo y que los somalíes son habituales parásitos del sector público por razones genéticas.

El de Finlandia no es un mal aislado. Lo padecen, con matices, los 28 países de la Unión. Son partidos que difunden un mensaje equívoco y efectivo que dice así: los inmigrantes, en colaboración con la burocracia de Bruselas, destruyen la cultura europea y su Estado de bienestar. Con su gasto, privan de ayudas a nuestros hijos y a nuestros mayores.

El gran ‘fake’

La extrema derecha quiere que el voto sea un plebiscito sobre la inmigración

Entre los días 23 y 26 de mayo se celebran elecciones al Parlamento Europeo, a las que están convocadas 374 millones de personas. De ellas saldrán 751 diputados de 28 países. Las europeas son las elecciones con menor participación (apenas superior al 40%) en la agenda de los ciudadanos. Pero esta vez tienen un significado excepcional. Después del Brexit, y por primera vez desde la constitución del Parlamento, en 1979, la idea misma de Europa y de sus instituciones es cuestionada por una parte importante del espectro político.

Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia, Viktor Orbán en Hungría, Heinz-Christian Strache en Austria o Geert Wilders en Holanda, junto a muchos otros partidos, Vox entre ellos, cabalgan sobre ese euroescepticismo y quieren convertir las elecciones en un plebiscito sobre Europa y la inmigración. Son partidos que sienten alergia a la diversidad y una nostalgia enfermiza por el pasado. Son chovinistas y piden más poder para los estados nación, justo cuando la solución a la crisis europea parecía ser una mayor integración.

El populismo de derechas crece en campo abonado. Después de una década de austeridad, la recuperación no ha devuelto a muchos europeos a los estándares de vida anteriores a la gran crisis del 2008. La globalización y las nuevas tecnologías no han beneficiado a todos, y la automatización amenaza el empleo industrial. La gran oleada migratoria iniciada el 2015 por el conflicto en Siria, los grandes atentados terroristas y la desinformación han acabado por atemorizar a unas sociedades envejecidas.

El populismo aspira a dictar la agenda europea de los próximos años

El estancamiento de los salarios y el recorte del gasto han castigado en especial a las clases medias, soporte tradicional de los grandes partidos moderados. Son estos partidos, el PPE en el centro derecha y los socialdemócratas del S&D, los que han retenido la mayoría en el Parlamento. Pero este 2019 hay muchas dudas sobre la posibilidad de que eso no sea así. Deberán contar con el apoyo de los liberales (ALDE), de los Verdes –que en algunos países han ocupado en parte el espacio socialdemócrata– e incluso de la República en Marcha de Emmanuel Macron, que se presenta como el gran partido centrista europeo.

Macron defiende más Europa y coquetea con monopolizar la bandera antipopulista. Pero su presidencia en Francia es tan precaria –con la crisis de los chalecos amarillos– que muchos temen que una posible derrota en estas elecciones a manos de Marine Le Pen sea interpretada como un fracaso de Europa. La polarización también tiene sus riesgos.

El proyecto europeo fue concebido en una sociedad mucho más igualitaria que la actual, con un mayor sentido de la responsabilidad comunitaria. Tomaba como referencia el Holocausto y la gran guerra, dos acontecimientos que no podían repetirse. El mecanismo de funcionamiento de sus instituciones no fue pensado tanto para la eficiencia, sino para evitar el dominio de un solo país (el miedo entonces era Alemania).

La sociedad surgida de la gran crisis del 2008 es más cínica que la de la posguerra. Menos comprometida. Y, después de la experiencia de la austeridad, algo más descreída sobre la capacidad de las instituciones europeas para asegurar su futuro. La Europa federal –los Estados Unidos de Europa– son hoy un ideal lejano. Y no es probable que ese híbrido político que es la Unión Europea vaya a avanzar mucho más. Pero las ideas que han inspirado la construcción europea –la paz, el pluralismo democrático, el imperio de la ley– siguen vigentes. Y brillan en un contexto internacional en el que han ganado peso los regímenes autoritarios y las democracias “iliberales”, donde el pluralismo es solo fachada.

La extrema derecha puede convertirse en estas elecciones en la cuarta fuerza del Parlamento europeo (hasta 150 escaños según algunas proyecciones), lo que equivaldría al 20% del voto. El resultado será un parlamento más fragmentado y un altavoz para sus ideas. Pero el verdadero peligro no está en su capacidad para gobernar, como de “contaminar” a los partidos conservadores tradicionales y condicionar la agenda europea.

El historiador Robert Paxton, que ha estudiado la Francia de Vichy y es autor, entre otros, de Anatomía del fascismo en el 2004, ha escrito que “los fascistas se encuentran cerca del poder cuando los conservadores empiezan a adoptar sus técnicas, apelan a la movilización de las pasiones e intentan cooptar a sus seguidores fascistas”. Ese es el riesgo.

Europa vota el próximo 26 de mayo entre la nostalgia por el pasado, con el riesgo que ello conlleva. Por la voluntad de mirar adelante y construir su futuro.

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